Relato erotico una noche de pelicula

Una Noche de Pelicula

Eva tenía cincuenta y dos años y aún caminaba como si el mundo le debiera una reverencia. Metro setenta de estatura, piel blanca con pecas suaves en los hombros y el escote, pechos pesados y altos que desafiaban la gravedad con areolas anchas y oscuras que se marcaban bajo cualquier tela fina cuando tenía frío o excitación. Cintura suave, con esa leve curva de madurez en la barriga baja que le daba un tacto cálido y humano. Caderas anchas, culo grande y redondo que se tensaba al caminar, muslos carnosos que rozaban ligeramente entre sí. El pelo castaño oscuro, con hebras plateadas que ella llevaba con orgullo, recogido esa noche en un moño bajo y deshecho. Labios carnosos pintados de rojo granate que parecían prometer secretos.

Lucas, a sus cuarenta y siete, conservaba el porte de quien ha vivido mucho y bien. Metro noventa de altura, hombros anchos de gimnasio antiguo, pecho cubierto de vello negro entrecano que descendía en una línea hasta el ombligo. Brazos fuertes, venas marcadas en los antebrazos, manos grandes y callosas. La polla —dieciocho centímetros de grosor considerable, circuncidada, venosa, con cabeza ancha que se hinchaba hasta volverse casi morada cuando la sangre la llenaba por completo— era, según Eva, “el instrumento más fiable que ha tenido nunca una mujer”. Pelo corto con entradas pronunciadas, barba de tres días plateada en las sienes, ojos marrones que miraban con calma, como si ya supieran el final de cualquier historia.

Enzo tenía veintiuno y era de una belleza casi dolorosa. Metro ochenta y cinco, pelo negro revuelto que le caía sobre la frente en mechones desobedientes, ojos verdes tan claros que parecían transparentes bajo la luz de la pantalla, pestañas largas de niña, nariz recta, labios gruesos que se mordía cuando estaba nervioso. Mandíbula cuadrada, cuello grueso que se tensaba al tragar. Pecho definido, abdominales marcados pero no exagerados, brazos con venas que serpenteaban bajo la piel clara. Culo prieto, redondo, que se marcaba en los vaqueros ajustados. La polla —casi veinte centímetros, recta con una leve curva ascendente, tronco grueso surcado de venas prominentes, cabeza rosada y grande que se hinchaba y goteaba con facilidad— era la de un chico que aún no sabe del todo el poder que tiene entre las piernas.

Esa noche de jueves entraron en la sala 7 del viejo multisalas. Butacas anchas y gastadas, penumbra densa, apenas una docena de espectadores dispersos. Eva y Lucas se sentaron en la penúltima fila, centro, dejando un asiento libre a cada lado. Enzo estaba dos filas delante, ligeramente a la derecha, solo, con las piernas abiertas y el móvil en la mano, aburrido.

Eva lo vio y sintió un tirón en el vientre.

—Mira ese —susurró, inclinándose hacia Lucas—. Parece un dios griego que se ha equivocado de película.

Lucas sonrió de lado.

—Está solo. Y ya nos ha mirado dos veces.

La película empezó. Luces bajas. Eva besó a Lucas con lengua lenta, dejando que se oyera el roce húmedo. Lucas deslizó la mano bajo el vestido, apartó las bragas de encaje negro y le frotó el clítoris con dos dedos, despacio, en círculos. Eva soltó un gemido bajo, deliberado.

Enzo giró la cabeza. Los miró. Se puso rojo hasta las orejas y volvió a la pantalla. Pero volvió a mirar. Eva le sostuvo la mirada, sonrió con lentitud y se abrió un poco más de piernas. Enzo tragó saliva audible.

Eva se levantó. Caminó por el pasillo lateral con el culo moviéndose bajo la tela ceñida, tacones resonando como un metrónomo del deseo. Se sentó al lado de Enzo.

—Hola —dijo con esa voz ronca que parecía acariciar la piel—. ¿Te molesta que me siente aquí? Mi marido y yo nos hemos puesto un poco… cariñosos.

Enzo balbuceó, con la voz quebrada.

—No… no, para nada.

Lucas se sentó al otro lado, cerrándolo entre los dos. Le puso una mano en la nuca, masajeando con el pulgar.

—Tranquilo, chaval. Nadie te obliga a nada. Pero si te apetece ver más… o participar un poco… el baño de minusválidos está libre. Cerradura. Espacio. Nadie entra.

Enzo respiraba fuerte, el pecho subiendo y bajando. Miró a Eva, luego a Lucas. Asintió despacio, sin palabras.

Los tres se levantaron. Eva delante, moviendo las caderas a propósito. Entraron en el baño amplio: espejo de pared a pared, luz blanca fría, cerradura que hizo clic como una promesa.

Apenas cerrada la puerta, Eva besó a Enzo. Lento, profundo, lengua explorando. El chico respondió con torpeza al principio, luego con hambre contenida. Lucas se colocó detrás de Eva, le subió el vestido hasta la cintura, le bajó las bragas hasta los tobillos. La penetró despacio desde atrás, una embestida larga que la hizo gemir contra la boca del chico.

—Quítate todo —susurró Eva, apartándose un segundo—. Quiero verte entero.

Enzo obedeció con manos temblorosas. Cuando se bajó los bóxers, su polla saltó libre: larga, recta, venosa, la cabeza hinchada y brillante de precum. Eva soltó un gemido ronco.

—Dios… qué polla tan hermosa.

Se arrodilló delante de él. Primero le lamió los testículos pesados, subiendo por el tronco con la lengua plana, recorriendo cada vena hinchada. Luego se metió la cabeza en la boca, succionando suave, mirándolo desde abajo con ojos que ardían. Enzo soltó un gemido largo, las manos en su pelo.

Lucas se arrodilló al lado, hombro con hombro con su mujer. Eva siguió chupando, pero miró a su marido y asintió apenas. Lucas se acercó. Enzo se tensó de golpe.

—Espera… yo… no sé si… —balbuceó, con la voz quebrada—. Yo soy hetero, tío. No me van… los tíos.

Lucas levantó las manos, calmado.

—Tranquilo. Nadie te obliga. Pero si te apetece probar… solo un poco… Eva y yo lo hacemos a menudo. Es solo placer. Nada más.

Eva levantó la boca un segundo, lamiéndose los labios.

—Solo si quieres, guapo. Pero te juro que te va a gustar. Mira cómo se la chupo yo… imagínate dos bocas a la vez.

Enzo respiraba entrecortado. Miró a Eva, luego a Lucas. Finalmente cerró los ojos y asintió apenas, casi imperceptible.

Lucas se acercó despacio. Primero lamió el tronco desde el lado opuesto mientras Eva succionaba la punta. Sus lenguas se rozaron alrededor de la polla, besándose con ella en medio, compartiendo saliva y el sabor salado del chico. Enzo soltó un gemido ahogado, mezcla de sorpresa y placer. Eva chupaba con fuerza la cabeza, Lucas lamía el tronco y los huevos, alternando. Las dos lenguas subían y bajaban, se enredaban, se besaban alrededor del glande hinchado.

Enzo temblaba, las piernas flojas.

—Joder… no sé… esto es… —jadeó.

Eva se apartó un instante para susurrarle al oído.

—Estás precioso así… tan duro, tan joven… córrete cuando quieras. Queremos tragarnos todo.

Lucas metió más profundo, follándose la boca con la polla de Enzo mientras Eva lamía los testículos y volvía a subir para besarse con su marido alrededor del glande. Enzo empujó hacia adelante, follándoles la boca a los dos, cada vez con menos reticencia.

—Me corro… hostia… me corro… —gimió.

Eva y Lucas abrieron la boca a la vez, pegados. Enzo empujó una última vez y eyaculó con un gemido ronco y profundo: chorros calientes que cayeron primero en la lengua de Lucas, luego en la de Eva. Lucas tragó la mayor parte, pero dejó un poco en la boca y se giró hacia su mujer. Se besaron lento, profundo, pasándose el semen de Enzo de lengua a lengua, un hilo blanco colgando entre sus labios. Eva tragó lo que quedaba, se lamió los labios y miró al chico con una sonrisa sucia y satisfecha.

—Delicioso… ahora míranos tú.

Señaló el borde del lavabo.

—Siéntate ahí y disfruta.

Enzo obedeció, sentado, piernas abiertas, respirando pesado, la polla todavía goteando. Eva se giró, se puso a cuatro patas frente a él, apoyando las manos en la pared fría del baño, culo en pompa, el vestido subido hasta la cintura, las medias con liguero negras contrastando con la piel pálida. Miró por encima del hombro directamente a los ojos del chico.

Lucas se colocó detrás, agarró las caderas anchas de su mujer y la penetró vaginalmente de una embestida lenta y profunda. Eva soltó un gemido largo, la espalda arqueada, los pechos balanceándose libres bajo el vestido abierto.

—Míranos bien, Enzo —susurró Eva, con la voz entrecortada por cada empujón—. Mira cómo me folla mi marido… cómo me abre el coño con esa polla gruesa…

Lucas aceleró el ritmo, embestidas firmes y profundas que hacían que el culo grande de Eva se moviera en oleadas, que sus tetas se balancearan con fuerza. Eva gemía alto, sin pudor, los ojos clavados en Enzo.

—Fíjate cómo me la mete hasta el fondo… ¿ves cómo se me abre? ¿Ves cómo me chorrea por los muslos?

Enzo no podía apartar la vista. Su polla, que apenas había empezado a bajar, se endureció de nuevo con rapidez brutal. La cabeza rosada se hinchó otra vez, las venas se marcaron más, un hilo de precum se deslizó por el tronco. Se tocaba despacio al principio, pero el espectáculo lo sobrepasó: el sonido húmedo de cada embestida, los gemidos roncos de Eva, el vaivén de sus caderas, la forma en que Lucas la agarraba por la cintura y la clavaba contra él.

Enzo aceleró la mano, respirando entrecortado. Intentó contenerse, apretó los dientes, pero era imposible. La visión de Eva a cuatro patas, siendo follada con fuerza, mirándolo directamente a los ojos mientras gemía, lo llevó al límite en cuestión de minutos.

—Joder… no… no puedo… —jadeó.

Eva sonrió, jadeante.

—Venga, guapo… déjalo salir… córrete para mí…

Enzo soltó un gemido ahogado, la mano volando sobre su polla. Se corrió sin querer, sin poder evitarlo: chorros espesos y calientes que salieron disparados hacia adelante, salpicando el culo y la espalda baja de Eva, cayendo en gotas blancas sobre su piel mientras Lucas seguía follándola sin parar.

Eva soltó una risa ronca y satisfecha.

—Qué rico… mira cómo me has pintado…

Lucas empujó más fuerte un par de veces, excitado por la visión, y se corrió dentro de ella con un gruñido profundo, llenándola. Salió despacio, dejando que el semen se mezclara con el de Enzo y se deslizara por los muslos de Eva en hilos espesos.

Eva se incorporó despacio, se giró y miró a Enzo con ojos brillantes.

—¿Te ha gustado el espectáculo, chaval?

Enzo asintió, cara roja, polla todavía palpitando, semen goteando de la punta.

Eva se acercó, le dio un beso suave en los labios, saboreando el sudor y la vergüenza del chico.

—Pues ya sabes dónde encontrarnos. La próxima vez… quizás te deje follarme 

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